
Me quedé aterrada y pensé que lo más conveniente era que saliera a la calle, que me tocara el viento fresco de la mañana. Recorrí el barrio entero, solitario a aquellas horas. Cuando regresé a la casa, había tenido ya tiempo suficiente para reflexionar sobre todo aquel asunto y para entonces ya descartaba la idea de que la vista, o el juicio, no me funcionaran del todo bien. Recuerdo que subí al estudio y volví a mirar el tapiz, y lo hice de un modo insolente, ocultando mis temores. La figura había desaparecido, pero ahora había un borrón negro junto a la ventana rota de la cocina, como si la figura estuviera tratando de entrar en la casa. Me senté en la mesa del estudio y traté de distraerme trabajando largo rato en el prólogo, y cuando al mediodía volví a inspeccionar el tapiz vi que todo seguía igual: aquella figura continuaba allí, apostada junto a la ventana rota. Pensé que no era una figura, que me había dejado llevar por los nervios, y que aquello era un simple borrón; y me reí a solas; salí a comer. Todos cuantos escucharon el relato de los acontecimientos que me habían turbado se rieron y yo también con ellos. A nadie preocupó ni asombró lo que yo contaba; pude constatarlo para mi tranquilidad.
IV
21 DE JUNIO DEL 74
SE RECRUDECIERON LOS TEMORES DE que ella hubiera tratado de poner en práctica lo que en El dulce clima de Lesbos era pura ficción. Allí, en la página 34, puede leerse: «Este relato obliga a su autora a aceptar la regla de la tauromaquia, que, como se sabe, persigue un objetivo esencial: además de obligarla a ponerse seriamente en peligro, a no deshacerse de cualquier modo de su adversario (su éxito dependerá de un buen dominio de la técnica), la regla impide que el combate sea una simple carnicería; tan puntillosa como la de un ritual, ofrece un aspecto táctico (preparar al lector para recibir una estocada mortal, aunque sin fatigarle más de lo preciso durante el combate) y un aspecto estético, también contenido muy especialmente al término de la faena: cerrar el libro será para el lector como cerrar la losa que cubrirá su tumba.»
