A mi memoria acudieron imágenes de un duelo entre cuchilleros que asocié inmediatamente a una idea que, desde hace tiempo, me resulta obsesiva: en los orígenes del relato de Elena Villena pudo habitar la idea de un cuchillero que va dejando su fuerza en su arma, la cual al final tiene una vida propia (como, para Hoffmann, la tenía aquel diabólico violín de Krespel); es el arma la que mata, no el brazo que la maneja…

V

23 DE JUNIO DEL 74


AYER VINO ELENA A CASA y le expuse mis temores, le narré el sueño en el que ella había aparecido, y aún no sé muy bien cómo fue que de pronto me encontré entre sus brazos, la besé en los labios, la cogí por la cintura, la arrastré hacia mí, volví a besarla en la oscuridad y ella se abandonó pasivamente en mis brazos; hicimos el amor, y sentí que nunca había estado mejor con nadie.

En la penumbra de la habitación, después de habernos amado en silencio durante horas, ella, de pronto, hundiendo su cabeza, los ojos abiertos, entre mis pechos, me confesó que había estado con Herrera en su estudio horas antes de que él muriera.

– Fui a visitarle -dijo tranquilamente-, para conocer su opinión sobre La asesina ilustrada. Recuerdo que él estaba frente a mí con el cuaderno en la mano preguntándome muy nervioso qué me había propuesto al enviárselo. Ya ves, tuvo una reacción parecida a la tuya, y yo le repetía una y otra vez que lo único que deseaba era conocer su opinión sobre el texto. Pero él no quería entrar en razones y la verdad es que estaba francamente muy extraño. En la misma mano en la que tenía el cuaderno sostenía una rosa de té que quedaba apretada entre su dedo pulgar y el cuaderno.



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