
Pensé que estaba loca, pero luego ya no creí nada. Me sentí muy cansada. Mi cuerpo, que parecía aflojarse, se doblaba ante todo, y cualquiera habría podido jugar con él como si fuera de trapo. Estaba rendida de sueño y tan sólo deseaba dormirme. Tan sólo acerté a decirle:
– No creo una palabra de lo que me has contado.
Me dormí al poco rato y, cuando desperté, había anochecido. Elena se había ido. Traté de trabajar en el prólogo, pero me era difícil concentrarme. Pasé horas en el estudio como ensimismada, recordando los últimos acontecimientos, pensando con extrañeza en las palabras de Elena y en su relato de la muerte de Herrera. Hacia la medianoche oí de pronto un ruido abajo, como si alguien tratara de entrar en la casa por la ventana de la cocina, y más tarde oí que alguien avanzaba por el corredor del estudio.
– ¿Eres tú, Elena? -pregunté.
No hubo respuesta. Fui inmediatamente hacia la puerta del estudio y la cerré con llave y doble cerrojo. Poco después, alguien trató de entrar en la habitación.
– ¿Eres tú, Elena?
Silencio absoluto. Tenía ante mis ojos el tapiz y vi que había desaparecido la mancha situada junto a la ventana de la cocina, y por un momento tuve la impresión de que el tapiz no era el mismo, de que alguien me lo había cambiado y de que sin duda no era ésta la primera vez que pasaba.
– ¿Eres tú, Herrera? – repitió con eco una voz que me era conocida: la de Juan Herrera.
Han pasado unas horas desde entonces y nada nuevo ha ocurrido, aunque tengo la impresión de que alguien sigue ahí, al otro lado de la puerta, aguardando mi salida. No saldré hasta que amanezca, o quizás al mediodía de mañana. Y, si todo va bien, no volveré nunca más a esta casa, no veré nunca más a Elena y contaré en mi prólogo todo lo que sé y no sé de ella. Después, me olvidaré de esta historia. SUPLEMENTO