
Al ver resaltar, con aquel color rojo, la tinta con la que había escrito el título de mi narración, él no pudo reprimir, a causa de su repulsión por el rojo, una crispación nerviosa, y se pinchó el pulgar con una espina de la rosa. La sangre, al manchar el tallo y el cuaderno, acrecentó su confusión y, dominado por la repulsión, abrió instintivamente los dedos para dejar caer lejos de su mirada los dos objetos enrojecidos. Pero su pulgar, desde que el movimiento realizado había cambiado su orientación, le envió directamente a una pupila, a través de la ancha y clara base de la uña (cuya blancura resultaba especialmente favorable para ello), un reflejo rojo crudamente luminoso, que provenía de una lámpara del estudio. El quedó como hipnotizado por aquella brillante mancha roja y revivió la escena en que un domador era destrozado por un tigre, aquella escena que desde su infancia había tratado de olvidar. Se puso a dar señales de absoluta demencia: gestos de espanto y frases entrecortadas entre las que las palabras
tigre y sangre aparecían continuamente. En su delirio, todo se le aparecía cubierto del color rojo de la sangre. El escritorio, los muebles, el busto de Beethoven, los tapices, hasta yo misma, todo se le aparecía cubierto de un rojo brillante. Me marché tranquilamente porque pensé que no tardaría en volver a entrar en razón. No era, desde luego, la primera vez que algo semejante le ocurría. Pero debió de ser poco después de que yo me hubiera ido cuando sintió que la cabeza se le clavaba en el vientre. Trató de separar el vientre de su cabeza; de hacer a un lado aquel vientre que le apretaba los ojos y le cortaba la respiración; pero cada vez se volcaba más como si se hundiera en la noche. Así debió de morir.
Tras contarme esto -más que contarlo lo había recitado mecánicamente, como si lo hubiera aprendido de memoria-, Elena sacó de un bolsillo de su chaqueta una ajada rosa de té manchada de sangre y me la mostró diciendo que era el mejor recuerdo que le quedaba de su matrimonio.