
Tardó más de diez años en conseguirlo, pero al final acabó obteniendo la recompensa a tanta molestia, paciencia y esfuerzo (por no hablar de tanta palabrería inútil) cuando, en una breve carta, fechada en Elche el 30 de mayo de 1968, Vidal Escabia, entre avergonzado y confuso, comprendiendo que Herrera le había conducido a un callejón sin salida, confesó que, en efecto, las contradicciones en las que había ido cayendo a lo largo de sus cartas habían puesto al descubierto la gran verdad, es decir, que él no había escrito ni una sola línea de muchas de las novelas de las que tanto alardeaba. A continuación, citaba el nombre de los verdaderos autores (Jenny López y Gilda Luna entre ellos) y cerraba la carta pidiendo, en un tono marcadamente patético, el mayor silencio sobre aquella revelación que ponía gravemente en juego su reputación. Quizás esperó siempre una respuesta amable de Herrera en la que éste, restando gravedad al asunto, valorara la sinceridad y valentía de Escabia, pero lo cierto es que Herrera, al recibir la carta, respiró con profundo alivio y dio por terminada su investigación archivando con gran alegría aquella carta que por fin había premiado su esfuerzo de años y olvidándose para siempre de Escabia.
Pero Escabia no logró nunca olvidarse de Herrera. Este fue el final de una relación entre dos hombres absolutamente opuestos tanto en su forma de ser como de pensar. Aparte de ser un excelente escritor (lo que, desde luego, Escabia nunca fue), Juan Herrera era, por ejemplo, un fanático del orden, todo lo contrario de Escabia, que, al parecer, fue siempre la persona más desordenada del mundo. En su escritorio (y en sus últimos veinte años tuvo el mismo en París, Sete y Trouville) Juan Herrera colocaba, según un esquema invariable, plumas, lápices, cenicero, lupa, abridor de cartas, diccionarios, folios, cuartillas, vaso de agua mineral y cajita con aspirinas, calmantes y centraminas.