
Buscando que, desde el primer momento, se interesara por mi envío utilicé un truco para llamar con toda seguridad su atención. Imitando a la perfección la caligrafía de Juan Herrera escribí este nombre como remitente de aquel sobre. Siempre imaginé que Vidal Escabia encontró mi sobre encima de la mesa de su habitación y que, dirigiéndose hacia la cama con el sobre en la mano, comenzó a leer y releer, una y otra vez, el nombre del remitente sin creer en lo que estaba viendo. ¿Cómo es posible, debió preguntarse, que Juan, que hace ya un año que está muerto, me escriba? Dejad que imagine que la escena se desarrolló de este modo y que piense que Escabia, no sólo se aterró, sino que, excluyendo la posibilidad de que se tratara simplemente de una broma, tropezó con la colcha, cayó sobre la cama, se levantó enfurecido, volvió a tropezar, esta vez con la cortina, se tambaleó de miedo. Tenía, desde luego, sus razones para reaccionar de esta manera, pues, aunque en determinados círculos se sabía que había sido amigo de Juan Herrera (y por esto le habían encargado el prólogo al libro de memorias de éste), se ignoraba la existencia de una abundante correspondencia entre uno y otro escritor. Por esto, aquel nombre, escrito en la esquina de un sobre sellado (tal como era costumbre en Herrera únicamente cuando se dirigía a Escabia) tuvo forzosamente que inquietarle e inspirarle los más variados temores.
En breve, toda la correspondencia entre Herrera y Escabia (guardada celosamente durante años en un cajón de mi cómoda) será publicada, y el lector tendrá acceso a una extraña serie de cartas cuyo tono general es más bien sorprendente. Herrera detestaba a Escabia y, si se carteó durante tanto tiempo con él, fue únicamente porque era muy aficionado a descubrir secretos y porque tenía motivos muy fundados para sospechar que Escabia no había escrito una sola línea de muchas de sus novelas. Esta sospecha, nunca confesada de un modo explícito en las cartas que le enviaba, obligó a Herrera a tratar los temas más absurdos, y a cual más delirantes, con el fin de ir tendiendo lentamente una serie de trampas a Escabia y acabar obligando a éste a confesar toda la verdad.