– He oído que hace falta gente en La Casa del Cangrejo.

Dicho lo cual, el hombre cerró la ventana y dejó a Amy en la silenciosa calle.

– Bueno, quería correr aventuras, ¿no? – dijo enfadada.

Eran más de las dos de la mañana y acababa de quedarse sin alojamiento y sin trabajo al mismo tiempo. Tenía que haberse imaginado algo al volver y notar que las demás camareras no querían hablar con ella. La policía había interrogado al propietario, y este, después de enterarse de toda la historia, había decidido prescindir de Amy.

Al principio, ella creyó que estaba de broma. Hasta que el hombre subió a su habitación y empezó a tirar sus cosas por la ventana. Ella había salido fuera corriendo para recoger sus cosas antes de que saliera algún cliente, ya camino de casa, y decidiera quedarse con algún recuerdo.

– ¿Y ahora qué hago?

El trabajo del Longliner había sido perfecto. Como trabajaba solo por las propinas, el dueño no le había pedido su carné de identidad, ni su número de la seguridad social.

Ella no había hechos muchos planes al irse de Boston. Lo único que buscaba era alejarse lo más posible de su pasado, de su autoritario padre y de su madre, preocupada únicamente por su vida social. Y sobre todo, había querido alejarse lo más posible de su prometido, el hombre que amaba más el dinero de los Aldrich que a ella por sí misma.

Su vida había sido programada desde su nacimiento, como hija única de Avery Aldrich Sloane y su bella mujer, Dinah. Y ella había cumplido ese programa durante la mayor parte de su vida. Pero, de repente, un día, justo una semana antes de su boda con Craig Atkinson Talbot, se había dado cuenta de que, si se quedaba, nunca llevaría una vida elegida por ella.

Llevaba fuera de casa casi seis meses, feliz de haber esquivado a los detectives que su padre había contratado. Había vivido en Salem, en Worcester y en Cambridge, eligiendo trabajos de camarera y pidiendo a viejos amigos que la dejaran dormir en sus sofás.



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