
Brendan sacudió la cabeza. Ya había sido un error sacarla del bar, así que se daba cuenta de que salir en ese momento detrás de ella sería una estupidez aún mayor. Esa chica no entraba en sus planes. En realidad, debería sentirse feliz por haberse librado de ella tan fácilmente.
Pero lo cierto era que, mientras se hacía un café para ponerse a trabajar, no podía olvidarse de ella. A cada momento, volvía a ver su sonrisa inteligente y aquel brillo travieso en sus ojos. Recordaba el aire misterioso que parecía envolverla y el modo en que se sintió al tocarla, como si hubiera entre ellos una conexión extraña y magnética.
Movió la cabeza y trató de concentrarse en su trabajo. La muchacha se había ido y aquello era sin duda lo mejor. Aunque Conor y Dylan habían encontrado un amor sincero y duradero, Brendan era lo suficientemente pragmático como para saber que a él no le sucedería lo mismo. Su trabajo exigía libertad de movimientos y tenía que proteger esa libertad a toda costa.
Aunque eso significara alejarse de la mujer más intrigante que había conocido en su vida.
– ¡No puedes despedirme! No ha sido culpa mía.
Amelia Aldrich Sloane estaba en la puerta del Longliner, mirando hacia el segundo piso. El propietario del bar estaba en la ventana de su pequeña habitación y le tiró una bolsa con sus cosas, que cayó a sus pies con un ruido sordo.
– Te lo advertí la última vez -aseguró el hombre-. Una pelea más y a la calle. ¿Sabes el daño que eso nos causa?
– No es culpa mía.
– ¿Cómo que no?
– ¿Qué he hecho yo?
– Ser demasiado guapa -contestó él, disponiéndose a tirar su maleta por la ventana-. Eres como un bombón para esa panda de brutos. Los hombres no pueden contenerse cuando te ven y así empiezan las peleas. Y las peleas me cuestan mucho dinero, cariño. Mucho más de lo que vales como camarera.
– Pero necesito el trabajo -gritó Amy, corriendo por su maleta, que se abrió al golpear el suelo.
