– Te juro que Angus Murphy es enorme. Cuando le di el primer puñetazo, se me hundió el puño en la barriga como si fuera un saco y él ni siquiera parpadeó. Pero luego le di un buen golpe por sorpresa.

– Dime una cosa, Bren. ¿Ha quedado él peor que tú? -preguntó Dylan.

Brendan sonrió a su hermano, que salía justo en ese momento de la casa con una toalla vieja y hielo. Se lo dio a su hermano y se sentó al otro lado. Unos segundos después, los gemelos, Brian y Sean, aparecieron también, con la ropa llena de polvo.

Brendan se puso un hielo en el labio.

– Ya estaba peor antes de la pelea -aseguró-. Ese chico es más feo que… ¡Detesto las peleas! La verdad es que estaba ganando hasta que le di un puñetazo que lo dejó inconsciente -soltó una carcajada-. Entonces se me cayó encima como un árbol gigante. Cuando dio en el suelo, noté que la tierra se movía. ¡Os lo juro! Como el gigante de la historia de Odran.

Los ojos de Liam brillaron al mencionar a Odran. A Liam le encantaban las leyendas, y más las de los antepasados de la familia Quinn. Eran cuentos y personajes que habían estado en sus vidas desde que su madre se había ido. En aquel momento, Brendan no se había dado cuenta, pero luego, al hacerse más mayor, descubrió que su padre les había empezado a contar esas historias para advertirles de los peligros del amor.

Después de que Fiona Quinn se hubiera a ser la misma. Aunque Conor y Dylan se acordaban de ella, él tenía cuatro años y solo tenía imágenes vagas de una mujer morena que cantaba y hacía galletas. También recordaba una tarta con la forma de un coche y un collar precioso que ella siempre llevaba.

Su imagen de ella era la de una mujer guapa, cariñosa, y comprensiva. Algunas noches, Conor, Dylan y él solían hablar de ella. Se preguntaban si habría salido con vida del accidente de coche del que su padre les había hablado. A Brendan le gustaba creer que tenía amnesia y llevaba una nueva vida junto a otra familia. Entonces, algún día recordaría a sus hijos y volvería.



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