
Pero no quería trabajar. Había demasiadas posibles aventuras en verano, demasiados sitios donde ir. La semana anterior, había tomado sin pagar un tren de ida y vuelta hasta Nueva York, y las imágenes de los rascacielos seguían en su mente. Otro día, se había colado en un autobús que tenía como destino el exótico nombre de Nueva Escocia. El conductor no se dio cuenta de que llevaba un polizón hasta que llegaron a la frontera con Canadá. Y al cabo de unas semanas, se daría una vuelta en el barco de su padre. Pero ese día, se quedaría cerca de casa.
– Algún día tendré suficiente dinero para dar la vuelta al mundo -murmuró, mirándose las viejas zapatillas de tenis-. Y nada me atará a este lugar.
Unos segundos después, su hermano Liam salió de la casa, dando un portazo. Al verlo, se detuvo en seco.
– ¿Qué demonios te ha pasado?
– A ti no te importa, Liam. Tienes solo nueve años, así que no te lo puedo contar.
Liam se dio la vuelta y entró de nuevo en la casa.
– ¡Venid! ¡Venid rápido! A Brendan le han dado una buena zurra.
Brendan hizo una mueca y, al poco, Liam apareció en la puerta seguido de Conor, que le dio un cachete en la cabeza al primero.
– Deja de gritar, Liam Quinn, o serás tú quien se lleve una buena zurra.
El hermano mayor salió al porche y miró a Brendan.
– Parece como si te hubiera pasado un camión por encima, chico.
Conor se sentó a su lado y comenzó a examinar los moratones y rasguños de su hermano. Este, a pesar de las heridas y de algunas costillas doloridas, se sentía estupendamente.
– ¿Quién te lo ha hecho?
– Angus Murphy. Él y dos de sus amigotes me han atacado a pocas manzanas de aquí.
Angus, con su altura y sus casi ochenta kilos, era famoso en la zona. Además, siempre había tenido especial predilección por la familia Quinn. Había intentado pegar a Conor hacía unos años, pero había perdido. Así que lo intentó con Dylan con el mismo resultado. Brendan había sabido que en cualquier momento le tocaría también a él.
