
– Esta es mi tienda -declaró-. Y no voy a dejar que lo rompan todo con sus hachas.
Dylan dijo algo entre dientes e hizo lo que había hecho cientos de veces. Se agachó, la agarró por las piernas y luego se la puso sobre el hombro.
– Volveré enseguida -les aseguró a sus compañeros.
La mujer gritó y pataleó, pero Dylan apenas se dio cuenta. En lugar de ello, se concentró en la forma de la pierna que tenía contra su oreja. La mujer tenía el cuerpo de una adolescente. Una vez había tenido que cargar con un hombre que pesaba casi cien kilos. Esa muchacha pesaría unos cincuenta y cuatro.
Cuando Dylan la sacó fuera, la dejó delicadamente al lado de uno de los camiones y luego tiró de la falda para abajo para restaurar su dignidad. Ella le apartó la mano, molesta.
– Quédese aquí -le ordenó él, apretando los dientes.
– ¡No! -respondió ella, dirigiéndose hacia la puerta.
La muchacha pasó a su lado y Dylan corrió tras ella y la alcanzó ya dentro de la tienda. La agarró por la cintura y la atrajo hacia sí de un modo que le hizo olvidarse de los peligros del fuego y concentrarse en los peligros del cuerpo femenino.
Los dos vieron cómo Artie Winton agarraba la máquina de la que salía el humo, la colocaba en mitad de la tienda e intentaba romperla con el hacha. Unos momentos después, Jeff Reilly cubría con la espuma de su extintor la masa de acero retorcido.
– Al parecer, este era el origen del fuego y no ha pasado de ahí -gritó Jeff.
– ¿Qué es? -quiso saber Dylan. Reilly se agachó para mirar la máquina de cerca.
– ¿Una de esas máquinas de yogures?
– No -contestó Winton-, es una de esas cafeteras modernas.
– Es una Espresso Master 8000 Deluxe.
Dylan bajó la vista hacia la mujer, que observaba con amargura la masa de acero. Una lágrima resbalaba por su mejilla y se estaba mordiendo el labio. Dylan murmuró algo entre dientes. Si había algo que le molestara en los incendios, eran las lágrimas. A pesar de que había tenido que dar malas noticias a las víctimas muchas veces, nunca sabía qué hacer cuando se echaban a llorar. Además, dijera lo que dijera, sus palabras siempre le resultaban un poco falsas. Se aclaró la garganta.
