Encontró a la mujer detrás de una gran barra, dando golpes al fuego con una toalla medio chamuscada. La agarró de un brazo y la atrajo hacia sí.

– Señorita, tiene que marcharse. Déjenos que lo hagamos nosotros, o puede hacerse daño.

– ¡No! -gritó la mujer, tratando de liberarse-. Hay que apagarlo antes de que pase algo grave.

Dylan miró por encima del hombro de la mujer y vio entrar a dos miembros de su equipo con extintores.

– Parece que viene de esa máquina. Rompedla y buscad el origen -ordenó.

Entonces tiró de la mujer y la tumbó en el suelo, a su lado.

– ¿Romperla?

Al decir eso la mujer, los dos hombres se quedaron inmóviles.

A pesar del humo, Dylan pudo ver que era una mujer muy guapa. El pelo, de color castaño oscuro, le caía en ondas suaves alrededor de los hombros. Su perfil era perfecto y cada rasgo de su cara, equilibrado. Tenía los ojos verdes y sus labios resultaban muy sensuales. Dylan sacudió la cabeza, como queriendo evitar verse atrapado por aquellos labios.

– Señorita, si no se va ahora mismo, voy a tener que llevarla yo a la fuerza -la avisó Dylan, mirándola de arriba abajo, desde su ajustado suéter, pasando por su minifalda de cuero, hasta sus botas altas-. Y dado el tamaño de su falda, supongo que no querrá que la cargue al hombro.

La mujer pareció ofenderse, tanto por su actitud dominante, como por el comentario sobre su forma de vestir. Dylan la observó y vio que sus ojos verdes brillaban de indignación. Al aumentar el ritmo de su respiración, sus senos comenzaron a subir y bajar a un ritmo muy sensual.



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