
El muchacho los miró, sonriendo.
– Papá llegará pronto y he traído la cena -sacó algo de la bolsa-. Espaguetis y palitos de pescado. Dylan, ¿por qué no les cuentas un cuento mientras yo lo caliento?
– Sí, sí -gritó Brian-. Cuéntanos un cuento de El Poderoso Quinn.
– Que lo cuente Brendan, lo hace mejor que yo.
– No, te toca a ti -protestó Conor-. Tú lo haces igual de bien que él.
Refunfuñando, Dylan se sentó en el suelo.
Los gemelos se acercaron y Liam se sentó en su regazo y lo miró con los ojos muy abiertos. Los cuentos de Conor tenían elementos sobrenaturales: duendes, trolls, gnomos y hadas. Los de Brendan sucedían en lugares lejanos y reinos mágicos. Los de Dylan contaban las hazañas de hombres nobles que robaban a los ricos para dárselo a los pobres o de valientes caballeros que rescataban doncellas.
A todos los hermanos les había tocado contar cuentos a sus hermanos pequeños. Lo habían heredado del padre. Seamus Quinn siempre estaba listo para contar alguna historia especial de los legendarios Quinn, sus antepasados, que tenían una sola regla: no sucumbir al amor de ninguna mujer. Porque Seamus creía que, si uno de los Quinn entregara su corazón a una dama, su fuerza lo abandonaría y se convertiría en una persona débil.
– Os voy a contar la historia de Odran Quinn y cómo luchó contra un gigante por salvar la vida de una bella princesa -comenzó Dylan.
Brendan se tumbó boca abajo, dispuesto a escuchar la historia. Su padre les había contado el cuento en numerosas ocasiones y Dylan sabía que si se equivocaba, lo corregirían enseguida.
