“Siempre que no me lo mande a una huelga de hambre”, replicó Gentile. “No será para tanto”, dijo el otro. “Qué le hace a un muchacho apretarse el cinturón por unos días”, y en puntas de pie, como si quisiera parecer más alto, apoyando las manos en la mesa y marcando las palabras con un vaivén de su cuerpo redondo y de su cara colorada, afirmó: “Mi criterio es muy claro: pagar lo menos posible hasta que me traigan el trabajo. Cuando lo vea, si me llena los ojos, pueden estar seguros que no van a quejarse de don Luciano Gabarret”.

Mascardi preguntó:

– Y ese viejo tacaño ¿no podía ayudarte?

– ¿Qué viejo?

– Gentile, quién va a ser.

– Cómo se te ocurre. La situación es mala y, cuando la gente está desplatada, en lo que menos gasta es en fotos.

– En todos estos años ¿tu único trabajo fue atender el mostrador y fotografiar? Una vida tranquila, demasiado tranquila para mi gusto.

– Salí al campo. Antes de conchabarme con Gentile trabajé en una estancia, vacuné hacienda. Eso sí, me gustó siempre la fotografía. Un día le mostré a Gentile unas fotos que tomé con una máquina de cajón (rodeos de hacienda, carreras cuadreras, hasta una esquila) y me propuso que entrara de auxiliar.

– Tu trabajo, acá en La Plata, ¿cuándo empieza?

– Esta misma tarde.

– Tengo guardia, pero mañana por la mañana estoy libre. Si te parece, nos damos una vueltita para que te muestre lugares de interés. Comparado con más de uno, soy un platense viejo.

VII

Cuando entraban en la pensión oyeron la campanilla del teléfono. Atendió doña Carmen, la patrona, y con un fruncimiento de la boca anunció:

– Para el joven.

Almanza recordó algo que le había dicho Gentile en el momento de la despedida: “En la ciudad te esperan sorpresas, lo que es bueno, porque el hombre despierta y vive”. Es verdad que agregó la prevención: “No dejes que nada te aparte de la huella”.



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