
– Yo le voy a sacar una mejor -susurró cuando se alejaban por un sendero en el bosque, entre el jardín Zoológico y el Museo de Ciencias Naturales.
Almanza fotografió el edificio del Museo y después a Julia sentada en la escalinata, riéndose mucho, porque decía:
– Ésta es la escalinata de los enamorados. Me contaron en la pensión que a la noche la usan las parejas.
– Ahora la voy a tomar de cerca. La cara nomás.
Al mirarla a través del objetivo se dijo: “Qué linda cara. Es la primera vez que la veo. Como si yo no viera sino a través del lente de la cámara. Unos ojos extraordinarios y una nariz perfecta: algo que no se encuentra todos los días”. En voz alta comentó:
– Creo que le va a gustar la foto.
– Si me saca linda, Griselda se muere de celos.
Todavía estuvieron un rato en el bosque. Fotografiaron el planetario, para finalmente alejarse por una calle de tilos. Julia preguntó:
– ¿No sentís el aroma?
Almanza notó que lo había tuteado. Por un momento se distrajo y perdió algunas palabras de lo que Julia le decía.
– Con Griselda nos queremos, pero nos peleamos, porque es muy celosa. En cambio yo era inseparable de mi hermano Ventura.
– Don Juan me contó que se fue de la casa.
– Te habrá dicho que murió.
– No dijo eso. Por lo menos, convencido no está.
– De un tiempo a esta parte lo da por muerto. Mi padre no es malo, pero a veces parece que no tiene alma. No digo que sea desalmado, sino que no tiene alma, fijate bien. Me contaron que los artistas son así.
– No sabía.
– Hoy representan un papel, mañana otro.
– A mí, don Juan me dio a entender que siente mucho la falta de su hijo.
– No por el hijo, se me ocurre, sino por las consecuencias. Sin Ventura para aconsejarlo, se enredó en negocios raros. Nos metieron pleito y tal vez nos embarguen Brandsen.
Por la manera en que habló Julia de ese campo, Almanza comprendió que era un lugar muy querido por ella, vinculado a sus mejores recuerdos.
