– Pero no tan forastero como nosotros -agregó riendo la morena- y queríamos preguntarle…

– Porque hay que desconfiar de la gente pueblera, más que nada si uno deja ver su traza de pajuerano -explicó el señor con gravedad, a último momento atenuada por una sonrisa.

Almanza creyó entender que por alguna razón misteriosa todo divertía al viejo, sin exceptuar el fotógrafo de tierra adentro, que no había dicho más de tres o cuatro palabras. No se ofendió.

La morena concluyó su pregunta:

– Si no habrá un café abierto por acá.

– Un lugar de toda confianza, donde le sirvan un verdadero desayuno -dijo el señor, para agregar sonriendo, con una alegría que invitaba a compartir-. Sin que por eso lo desplumen.

– Lamento no poder ayudarlos. No conozco la zona. -Tras un silencio, anunció-. Bueno, ahora los dejo.

– Yo pensé que el señor nos acompañaría -aseguró la morena.

– Yo quisiera saber por qué trajimos tantos bultos -protestó la rubia.

Entre las dos no atinaban a cargarlos.

– Permítame -dijo Almanza.

– Le voy a encarecer que nos acompañe -dijo el señor, mientras le pasaba los bultos, uno tras otro-. El pueblero, y peor cuando se dedica al comercio, es muy tramposo. Hay que presentar un frente unido. A propósito: Juan Lombardo, para lo que ordene.

– Nicolás Almanza.

– Una auspiciosa coincidencia. ¡Tocayos! Mi nombre completo es Juan Nicolás Lombardo, para lo que ordene.

Almanza vio semblantes de asombro en la rubia, de regocijo en la morena, de amistosa esperanza en don Juan. Éste le tendía una mano abierta. Para estrecharla, se disponía a dejar en el suelo los bultos recién cargados, cuando la muchacha de pelo negro le dijo:

– ¡Pobre Papá Noel! Miren en qué situación lo ponen. Ya va a tener tiempo de darle la mano a mi padre.

El grupo se adentró en la ciudad. Don Juan, con paso enérgico, marchaba al frente. Se rezagaba un poco Almanza, estorbado por la carga, pero alentado por las muchachas. La niñita, durante las primeras cuadras pidió algo que no consiguió, por lo que finalmente agregó su llanto al del hermano. Como quien despierta, Almanza oyó la animosa voz de don Juan, que anunciaba:



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