– Aquí tenemos un local aparente, salvo mejor opinión de nuestro joven amigo.

Se apuró en asentir. Estaban frente a un café o bar cuyo personal, en ropa de fajina, baldeaba y cepillaba el piso, entre mesas apiladas. A regañadientes les hicieron un lugar y por último les trajeron cinco cafés con leche, con pan y manteca y medias lunas. Comieron y conversaron. Se enteró entonces Almanza de que don Juan era, o había sido, mayordomo de una estancia de Etchebarne, en el partido de la Magdalena, y que tenía un campito en Coronel Brandsen. Supo también que la rubia, madre de las dos criaturas, se llamaba Griselda. La morena, que se llamaba Julia, le anunció que a ellos los esperaban en una casa de pensión, que ofrecía todas las comodidades a precios razonables, muy recomendada por pasajeros acostumbrados a lo mejor. Por su parte opinó don Juan:

– Le hago ver, hijo mío, que si se viene con nosotros, la ganancia es de todos. Pondré mi empeño, como si usted fuera de la familia, para que los patrones le ofrezcan una comodidad para salir de apuro.

Estas palabras recibieron el apoyo de las dos mujeres.

– De veras agradezco, pero ahora es imposible -afirmó-. Tengo reservada una pieza en la pensión donde para un amigo.

El descanso, la comida, la conversación trajeron un bienestar general, perturbado al rato por el llanto del bebe, tan tesonero que bordeaba lo insoportable. Así debió de pensar Griselda, porque de repente dijo:

– Con el perdón de todos.

Descubrió un pecho notablemente redondo y rosado y se puso a alimentar al hijo.

II

Acompañó a sus nuevos amigos hasta la pensión, que según se enteró después quedaba en 2 y 54, y les llevó el numeroso equipaje a la pieza, en el piso alto, para lo que debió subir y bajar varias veces la escalera.



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