
Aunque los Lombardo porfiaban en retenerlo, se despidió porque se le hacía tarde. Mientras lo acompañaban hasta la puerta, las mujeres le dijeron que no fuera ingrato, que las visitara pronto. Retumbó entonces un grito desgarrador. Después de un corto silencio oyeron la voz de don Juan, que entre quejidos llamaba a sus hijas. Griselda corrió escaleras arriba. Antes de seguirla, Julia dijo:
– Todavía no se vaya. No nos deje en este momento.
Almanza conversó con la patrona y con algún pensionista. Se preguntaban qué pasaba. Al rato volvió Griselda, muy nerviosa.
– Hay que llamar a un médico -dijo-. Mi padre está mal.
La patrona preguntó:
– ¿Médico? Yo me manejo con el Centro Médico. Si quiere, llamo. Vienen en seguida.
– Llame, llame.
La conversación telefónica de la patrona fue continuamente interrumpida por Griselda, que indicaba:
– Repita que está mal. Que tuvo un vómito de sangre. Que hay que hacerle una transfusión.
Se fue Griselda, llegó Julia y preguntó:
– ¿Queda lejos el Centro Médico?
La patrona dijo:
– A la vuelta, a unas cuadras de aquí. Vienen en seguida.
– Voy allá.
– Voy yo -dijo Almanza.
– ¿No se perderá?
– No, si me dan las señas.
– Es fácil -aseguró la patrona-. Seis cuadras a la derecha, una a la izquierda, otra a la derecha. No puede perderse.
Sin pensar más, Almanza corrió a la calle. Contaba en voz alta las cuadras. Al cabo de la octava se encontró con una ambulancia que salía de un caserón. Levantó una mano, para detenerla y preguntó si iban a 54 y 2. Le dijeron que sí.
