A Logan le costaba reconciliar las dos imágenes, sobre todo, porque llevaba mucho tiempo trabajando duramente y ya apenas se acordaba de cómo se respiraba sin estar sometido a mucha tensión.

Logan sabía perfectamente que iban a aparecer las tres bailarinas porque las había pagado él junto con el resto del equipo, pero, al verlas aparecer con aquellos uniformes, se había quedado con la boca abierta.

La enfermera rubia platino que estaba casi desnuda sonrió mientras sus dos acompañantes se quitaban también el uniforme, e hizo funcionar el aparato de música.

Al instante, la habitación se llenó de acordes.

La mujer que estaba frente a Logan comenzó a bailar. No debía de tener más de veintidós años y, de repente, Logan se sintió un viejo a sus treinta y uno y se giró hacia Wyatt.

– ¿No se supone que tendría que estar bailando para ti? ¡Vaya!

La bailarina se había sentado sobre su regazo y se estaba colocando a horcajadas sobre sus piernas para comenzar a moverse y a frotarse al ritmo de la música, buscando una reacción física por parte de Logan.

– ¿Preparado para recibir tu regalito, padrino? -le preguntó pasándole los brazos por el cuello y apuntándole con sus perfectos pechos de silicona.

– Eh…

La bailarina hizo unos movimientos de pelvis de lo más profesionales y Logan se percató de que la esquina de un sobre sobresalía de su tanga.

– Sólo para ti -ronroneó sin dejar de moverse-. No seas tímido, agarra tu premio, cuerpazo.

¿Cuerpazo?

Logan hizo una mueca de disgusto y sacó el sobre del tanga, descubriendo en el proceso que la bailarina no era rubia teñida.

Al instante, se sintió como un pervertido y agradeció poder concentrarse en abrir el sobre para disimular.

Lo que había dentro era un vale para irse ocho días al Lago Tahoe. Logan se quedó mirándolo con la boca abierta. Le encantaba esquiar, pero no le apetecía irse de vacaciones.



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