Era consciente de que no tenía mucha paciencia, así que tomó aire para calmarse y se giró con una hermosa sonrisa hacia Gwyneth, su hermana mayor.

– ¿Ah, sí?

– ¿Lo ves? ¡Se te había olvidado!

– No, claro que no. Es que me gusta hacerte rabiar.

Gwyneth, que tenía treinta y cinco años, no paraba de decirle a Lily, que tenía veinticinco, lo que tenía que hacer.

– Sólo te lo digo para ayudarte.

– Pues no hace falta que lo hagas, puedo perfectamente con mi trabajo yo sola.

– Pero…

– Mira, si quieres perder el tiempo, vete a perderlo con otra persona. Por favor, relájate un poquito -dijo Lily poniéndose su cazadora roja del equipo de salvamento de esquí.

– ¿No has leído las estadísticas? -insistió su hermana-. Bueno, de acuerdo, ya lo dejo. Está bien -añadió al ver cómo la miraba Lily.

– Me parece que, en lugar de dedicarte a la contabilidad, deberías buscarte a alguien a quien le pudieras dar órdenes. ¿Por qué no tienes hijos? Así, podrías estar todo el día diciéndoles lo que tienen que hacer y te convertirías en una madre como mamá -añadió poniéndose el casco y decidiendo que aquel día utilizaría tabla en lugar de esquís.

A continuación, se calzó las botas, se cargó la tabla al hombro y miró a su hermana, que se había quedado de piedra.

Lily sacudió la cabeza y salió del vestuario hacia el vestíbulo, donde había un montón de huéspedes ataviados con ropa de esquiar.

Lily pasó ante la inmensa chimenea en la que el fuego que ella misma había hecho aquella misma mañana seguía tirando con fuerza. Alrededor de la chimenea, llenando todos los sofás que había, la gente charlaba y reía.

Aquella imagen tan acogedora hizo que Lily sonriera, pero su sonrisa le duró poco.

– Tenemos problemas de nuevo con los osos, se siguen comiendo la basura -le dijo su hermana, que la había seguido.



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