
– ¿Quieres otra pinta, Conor? -preguntó Seamus, con su fuerte acento irlandés.
– No. Empiezo mi servicio dentro de media hora, papá. Danny va a venir a recogerme aquí.
Seamus lo miró con astucia y le sirvió un refresco antes de servir a otro cliente. Conor observó cómo su padre servía la cerveza con maestría. Sin embargo, su padre no se molestó en preguntarle nada más. Aunque sus clientes se beneficiaban de los consejos de Seamus, ninguno de sus hijos había contado con ayuda paterna para solucionar sus problemas. De hecho, había sido Conor el que diera consejo y disciplina a sus hermanos pequeños y lo seguía haciendo. Casi toda su vida, desde que tenía siete años, se había dedicado a mantener a su familia intacta y a evitar que sus hermanos cayeran en la delincuencia. Lo mismo que en aquellos momentos, solo que hacía lo mismo por medio millón de ciudadanos en vez de por cinco muchachos.
Miró a su alrededor para buscar algo que le quitara los acontecimientos del día de la cabeza. El bar de Seamus Quinn era famoso por tres cosas: por un ambiente auténticamente irlandés, por el mejor guisado irlandés de Boston y por la música irlandesa que se tocaba allí todas las noches. También por los seis hijos solteros que estaban siempre por el bar.
Dylan estaba jugando al billar con algunos de sus compañeros de la Brigada de Incendios, rodeados de mujeres que miraban embelesadas a Dylan. Brian estaba ocupado cortejando a la camarera. Liam estaba jugando a los dardos con una bonita pelirroja, mientras que Sean estaba bailando con una llamativa morena. Cuando Brendan estaba en la ciudad, tras terminar con otro encargo para una revista o regresar de otro viaje de investigación para un nuevo libro, lo primero que buscaba era una mujer. A pesar de las serias advertencias de su padre, los hermanos Quinn no habían querido privarse de lo que el sexo opuesto les ofrecía tan voluntariamente. Sin amor ni compromiso, por supuesto.
