Sin embargo, últimamente, Conor se había cansado de todo de lo que había disfrutado en el pasado. Tal vez fuera el estado de ánimo en el que se encontraba, de indiferencia por la vida en general. La rubia del otro lado de la barra llevaba insinuándosele una hora y él ni siquiera le había dedicado una sonrisa. Por muy tentador que resultara tener una mujer calentándole la cama, estaba demasiado cansado como para hacer el esfuerzo de hablar con ella. Además, solo le quedaba media hora antes de tener que volver a la comisaría.

– Buenas tardes, señor. Tengo el coche fuera cuando usted quiera marcharse.

Conor se volvió para mirar a su compañero, Danny. Este se sentó a su lado, sobre uno de los taburetes. Los habían emparejado el mes anterior, para desolación de Conor. Aunque Wright era un buen detective, el muchacho le recordaba a un enorme cachorro.

– No tienes que llamarme «señor. Soy tu compañero, Wright.

– Pero los muchachos me dijeron que te gustaba que te llamaran «señor.

– Te estaban tomando el pelo. Les gusta hacer eso con los recién llegados. ¿Por qué no te tomas algo y te relajas un poco?

Ansioso por agradarle, Danny pidió un refresco y luego tomó un puñado de cacahuetes y empezó a comérselos.

– El teniente quiere que estemos en la comisaría en cuanto acabemos el turno. Dice que tiene un caso especial para nosotros.

– ¿Un caso especial? -preguntó Conor, soltando la carcajada-. Más bien será un castigo especial.

– El teniente está bastante enojado contigo. Los otros dicen que eres un buen policía, pero que tienes demasiado carácter. El teniente también dice que el detenido va a presentar cargos por brutalidad. Ya se ha conseguido un abogado.

– Ese cerdo le quitó a una anciana de ochenta y cuatro años sus ahorros de toda una vida. Cuando no quiso darle las tarjetas de crédito, le pegó hasta que estuvo a punto de quitarle la vida. Debería haberle sacado los dientes por la nuca. Tuvo suerte de llevarse solo un labio partido.



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