
Cerró la ventana y se dirigió hacia la playa, evitando ponerse delante de los enormes ventanales de la casa. El viento era muy frío, pero la sensación de libertad le provocaba una sensación tan fuerte, que le habría gustado ponerse a cantar y a bailar de alegría.
Corrió hacia las dunas y se puso a corretear a lo largo de la playa, respirando profundamente el agua salada. Nadie había salido a pasear aquella mañana. Ni una sola huella estropeaba la superficie de arena ni había un alma a la vista.
– Bueno, detective Perfecto. Ya lo ve. Estoy perfectamente a salvo. No hay ni un pistolero a la vista.
No supo cuánto tiempo había estado corriendo, pero, cuando se sentó sobre un montón de arena, estaba sin aliento. Sabía que debía volver a la casa antes de que su perro guardián descubriera que se había marchado, pero solo necesitaba unos cuantos minutos más para…
De repente, unos brazos le rodearon el torso con fuerza y sintió que alguien la levantaba del suelo. El sobresalto le sacó el aire de los pulmones y, durante un momento, Olivia no pudo gritar. Luchó por recuperar el aliento mientras un hombre de pelo oscuro le daba la vuelta y se la colocaba encima del hombro.
Volvió a subir con ella por las dunas, como si no pesara nada más que un saco de plumas. Finalmente, Olivia consiguió aspirar suficiente aire como para poder emitir un sonido. Primero, gritó y luego empezó a patalear y a darle puñetazos en la espalda.
– ¡Suélteme! Este lugar está repleto de policías. Nunca lo conseguirá.
– Yo no veo ningún policía por aquí, ¿y usted?
– Le… le propongo un trato -suplicó, mirándole al trasero y deduciendo por su aspecto que sería joven, probablemente atractivo y que estaría en forma-. No… no hablaré. Me negaré a testificar. Su jefe no tiene por qué preocuparse. No irá a la cárcel, pero no me mate…
