– Lo sentimos mucho, señorita, pero está haciendo un servicio a la sociedad ayudándonos a meter a Keenan entre rejas.

Olivia suspiró y se dejó caer sobre el sofá. Sabía que debía estar agradecida porque la protegieran, pero se sentía como un rehén, retenida contra su voluntad.

– Dado que vamos a pasar tanto tiempo juntos, es mejor que me llames Olivia. Estoy cansada de lo de «señorita.

– En realidad, señorita Farrell, es mejor que no olvidemos las distancias. El Departamento de Policía dice que nuestra relación debe ser estrictamente personal.

Ella agarró el libro que había estado leyendo.

– Voy a tumbarme un poco. Anoche no dormí demasiado -dijo. Cuando vio que el detective iba a darle más recomendaciones, levantó la mano-. Y no se preocupe. No me acercaré a la ventana.

Olivia cerró la puerta del dormitorio y se apoyó contra ella. Lo menos que podrían haber hecho era meterla en una casa con calefacción. Probablemente, hacía más calor fuera. Entonces, se puso su chaqueta. En realidad, no estaba cansada. Había hecho tan poco ejercicio desde que estaba allí, que había ganado peso. Si hubiera estado en su casa, habría ido a dar su habitual paseo por el río y, antes de volver a su casa, se habría tomado un café y habría comprado los periódicos de la mañana.

Empezó a dar vueltas por la habitación, como una leona enjaulada. Si cerraba los ojos, casi podría sentir el aire fresco de la mañana en el rostro. Sin embargo, sabía que seguía presa en aquella casa.

Entonces, se acercó a la ventana y apartó las cortinas. No había tanta distancia hasta el suelo. Podría salir y volver a entrar sin hacer ruido. Lo único que necesitaba era un poco de aire fresco, tiempo para sí misma…

Rápidamente, abrió la ventana. El aire y el sonido de las olas rompiéndose contra las piedras llenaron pronto la habitación. Esperó a ver si el oficial perfecto entraba rápidamente con la pistola en mano. Cuando vio que no lo hacía, salió por la ventana. El arenoso suelo estaba húmedo y consiguió así ahogar el golpe de su caída.



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