Tras dar un respingo, Olivia se dio la vuelta y se dispuso a entrar en la casa. ¡Qué caradura! ¿Qué derecho tenía de tratarla como si fuera una niña? Lo siguiente que haría sería colocársela sobre la rodilla y azotarla.

Cuando entró en la casa, descubrió al detective Wright paseando de arriba abajo por el salón. Al verla, la miró con tanto alivio, que Olivia casi sintió pena por él. Estaba a punto de disculparse cuando la puerta se cerró de un portazo a sus espaldas.

– ¿En qué demonios estabas pensando, Wright? Nunca, nunca, debes consentir que un testigo desaparezca de tu vista. Ahora podría estar muerta y, ¿dónde estaríamos nosotros?

Olivia se volvió a mirar al policía con frialdad, sentimiento que él le devolvió en igual medida.

– ¿No le parece que está siendo un poco dramático? Además, no es culpa suya. Yo me escapé.

– ¿Le he pedido su opinión? -le espetó él-. ¿Por qué no te encargas de vigilar la carretera y el perímetro de la casa, Wright? Yo me quedaré con la señorita Farrell por el momento.

– No quiero que se quede usted aquí – dijo ella, levantando la barbilla con desafío-. Quiero que se quede conmigo el detective Wright.

– Al detective Wright lo necesitan fuera y, dado que usted ha decidido no prestar atención a sus advertencias, tendrá que aguantarse conmigo a partir de ahora. O más exactamente, seré yo el que tendrá que aguantarse con usted. Déme los zapatos.

– ¿Cómo?

– Que se los quite -respondió Conor. Entonces, entró en su dormitorio y sacó las botas y mocasines que había metido en su equipaje antes de salir-. Se los devolveré cuando esté seguro de que se va a quedar dentro. Ahora, déme los zapatos.

Olivia tenía intención de negarse, pero, al ver el modo en que él la miraba, cambió de opinión. Se sentó en el sofá y se quitó los zapatos, que luego le tiró a la cabeza. Después, se cruzó de brazos y se reclinó entre los cojines, mirándolo con suspicacia, como si esperara una siguiente orden.



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