Sin embargo, él apartó al detective Wright y habló en voz baja con él, lo que le dio a Olivia la oportunidad de observarlo a placer. Era al menos media cabeza más alto que Wright y sus masculinos rasgos contrastaban con los aniñados del otro detective. Cuando no mostraba un gesto enojado, el tipo era bastante guapo. Altos pómulos, fuerte mandíbula y una boca que parecía esculpida por un artista. Tenía el cabello oscuro, casi negro, y los ojos eran de aquel extraño color que no podía describir con palabras.

Mientras Danny Wright parecía un tipo digno de confianza, aquel otro hombre tenía un aire salvaje e impredecible. El cabello era demasiado largo y las ropas demasiado informales. Tenía una constitución fibrosa, con largas piernas, anchos hombros y un vientre muy plano.

Entonces, el detective Wright se acercó al sofá.

– Señorita Farrell, voy a dejarla al cuidado del detective Quinn. Él estará con usted hasta el día del juicio. Espero que no le dé más problemas.

– Eso depende del comportamiento del detective Quinn -replicó ella, levantándose muy lentamente-. Mientras sea capaz de controlar sus tendencias de hombre de las cavernas, seré más buena que el pan.

Tras mirarlos durante un momento, Wright asintió y se apresuró a salir de la casa.

Olivia se quitó la chaqueta y se la tiró.

– Es mejor que se la quede también. ¿Quiere mis calcetines?

– Yo no quiero estar aquí más que usted, señorita Farrell, pero es mi trabajo protegerla. Si me permite llevar a cabo mis deberes, nos llevaremos bien.

Cuando no le gritaba, tenía una voz muy agradable. Su acento era de la clase trabajadora, pero había algo más, algo exótico.

– Me dio a entender que tenía que cargar conmigo. ¿Es que lo están castigando? ¿Qué es lo que ha hecho?

– Nada de lo que usted tenga que preocuparse. Mientras no me enoje, estará a salvo – dijo, mientras comprobaba puertas y ventanas.



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