
Entonces, desapareció en el dormitorio de Olivia. Ella se lo imaginó revolviendo su ropa interior, tocando sus cosas y oliendo su perfume. Siempre sabía cuándo un hombre se sentía atraído por ella, pero con Quinn le resultaba imposible.
Cuando regresó, tenía una almohada y una colcha en las manos, que colocó encima del sofá.
– Esta noche dormirá aquí -dijo él.
– ¿Que yo duermo en el sofá y usted en mi cama? Eso no me parece justo.
– No. Usted duerme en el sofá y yo en el suelo. A partir de ahora vamos a dormir en la misma habitación, señorita Farrell. Si eso no le parece bien, podemos dormir en la misma cama. Eso depende de usted. Tengo que poder llegar a su lado con rapidez…
– Escuche, Quinn, yo…
– Conor. Puede llamarme Conor. Y no sirve de nada discutir. No voy a cambiar de opinión.
Olivia, que había abierto la boca para protestar, volvió a cerrarla. Nunca se había sentido del todo a salvo con el detective Wright, pero con Conor Quinn no había duda de que haría todo lo que tuviera que hacer para protegerla.
– Bueno, voy a hacer un poco de café – dijo de mala gana-. ¿Te apetece una taza? – añadió. Conor asintió y la siguió a la cocina. Tras comprobar metódicamente puertas y ventanas, se sentó en uno de los taburetes-. ¿Es que vas a seguirme todo el día?
– Si tengo que hacerlo… -respondió él mientras Olivia llevaba la cafetera de agua-. ¿Por qué saltó por la ventana?
– Tienes que comprender que estoy acostumbrada a tener mi propio espacio, mi propia vida. Yo nunca busqué esto, nunca quise implicarme de este modo. No debería estar aquí.
– Pero lo está.
– Traté de explicarle al fiscal que no quería testificar, pero…
– Señorita Farrell, tiene un deber que cumplir. Red Keenan es basura, un pez gordo en el mundo de la delincuencia. Con su testimonio, podremos encarcelarlo. Unas cuantas molestias por su parte no son nada comparado con el dolor que ese hombre ha causado a innumerables personas inocentes -añadió, levantándose y disponiéndose a salir de la cocina-. Y manténgase alejada de las ventanas.
