
Si todo aquello hubiera ocurrido en diferentes circunstancias, Conor habría podido imaginarse que estaban en su primera cita…
– ¿Le gusta cocinar?
– No lo hago muy a menudo, o al menos, no así. Es una tontería preparar estas cosas para uno.
– En ese caso, no tiene…
– ¿Novio? Ahora no. ¿Y tú?
– No, yo tampoco tengo novio -respondió él, con una sonrisa.
– Lo que quería decir era si tenías novia. ¿Tal vez esposa?
Conor le sirvió una generosa copa de vino y luego vertió un poco en una copa para él. No bebía vino con frecuencia, pero tenía que admitir que aquel Chardonnay sabía muy bien.
– Los policías no somos buenos maridos.
– Ese acento… No puedo decir de dónde es…
– Del sur de Boston, con un ligero toque de Cork. Nací en Irlanda.
– ¿Cuándo te marchaste de allí?
– Hace veintisiete años. Yo solo tenía seis -dijo él, sin muchas ganas de hablar de sí mismo, sobre todo delante de una mujer tan sofisticada como Olivia Farrell-. ¿Dónde nació usted, señorita Farrell?
– Olivia, por favor. He vivido en Boston toda mi vida.
Un largo silencio surgió entre ellos mientras Conor observaba cómo ella preparaba la comida. Se movía con gracia, lo que hizo que él se sintiera fascinado por cada uno de sus gestos. Aunque iba vestida con un enorme jersey de lana y unos vaqueros, la elegancia y la clase parecían irradiar de su cuerpo.
– ¿Qué te hizo convertirte en policía? – preguntó ella por fin.
– Es una larga historia.
– Como dije antes, tengo mucho tiempo. Doce días, de hecho, y menos mal, porque intentar hablar contigo es como hacerlo con un… bol de verduras.
– Sí, supongo que no hablo mucho.
– ¡Vaya! Una frase con más de cinco palabras. Estamos haciendo progresos. Antes de que acabe la noche, espero por lo menos una de diez.
Entonces, metió la cuchara en la cazuela y saboreó la salsa. Luego, le extendió la cuchara a él. Conor le agarró la mano y se la sujetó mientras lamía la punta de la cuchara. Sentir su pequeña muñeca, la suavidad de su piel le provocó una descarga eléctrica que le subió rápidamente por el brazo.
