Se miraron y, durante un largo momento, ninguno de los dos se movió. Si hubiera sido una primera cita, Conor podría haberle quitado la cuchara de la mano y la habría besado hasta que se hubiera perdido en el sabor de sus labios y en el tacto de su suave carne.

Sin embargo, aquella no era una primera cita. Estaba protegiendo a un testigo y tener fantasías sobre aquella mujer, por muy hermosa que fuera, solo serviría para hacerle olvidar los peligros que la acechaban.

– Voy a salir a comprobarlo todo antes de que oscurezca -murmuró, tratando de teñir su voz de indiferencia-. Quiero asegurarme que Danny no se ha dormido. No te acerques a las ventanas -añadió, antes de salir al exterior.

Conor saludó a su compañero, estacionado en un coche aparcado cerca de la carretera. Sentía la tentación de volver a cambiar de trabajo con él, darle paella y vino a cambio de interminables horas con solo café templado, donuts duros y la única compañía de la radio. Él siempre se había tomado muy en serio su trabajo, pero estaba empezando a resultarle muy difícil estando en la misma habitación que Olivia Farrell. ¿Por qué tenía que ser tan hermosa?

Había leído el expediente del caso, pero no se había molestado de hacerlo en detalle. La verdad era que no quería saber nada más sobre la atractiva y deseable Olivia Farrell. Sin embargo, después de pasarse tanto tiempo con ella, sentía curiosidad. Quería saberlo todo sobre ella y la relación que había tenido con Red Keenan.

Tal vez, después pudiera empezar a verla solo como una testigo y dejar de pensar en ella como una hermosa mujer.

La luz del fuego se había apagado. Conor se levantó para avivar las brasas. En el exterior de la casa, el viento aullaba y las olas se estampaban contra la costa. Había visto las predicciones meteorológicas y sabía que la tormenta iba a arreciar. El único consuelo era que los hombres de Keenan no se atreverían a ir hasta allí.



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