– …Eamon sabía que. tendría que utilizar

La aventura del deseo todo su ingenio para engañar al dragón. Muchos pescadores habían sido capturados por aquel mismo monstruo y estaban prisioneros en una enorme cueva de la isla de las Sombras, pero Eamon no sería uno de ellos…

La carta que había llegado de Estados Unidos había sido el principio de los malos tiempos. El hermano de Seamus había emigrado a Boston cuando era un adolescente. Con fuerza y tesón, el tío Padriac había ahorrado lo suficiente trabajando en un trasatlántico como para comprar su propio barco de pesca. Le había ofrecido a Seamus una parte de El poderoso Quinn para poder salir de la vida de miseria que Irlanda le ofrecía. Por eso, se habían mudado al otro lado del mundo. Seamus, su hermosa esposa Fiona, embarazada de Liam, y los cinco muchachos.

Desde el principio, Conor había odiado el sur de Boston. Aunque la mitad de la población era de ascendencia irlandesa, se metían mucho con él por su acento. Al cabo de un mes, había aprendido a hablar con el tono neutro d los demás. Las ocasionales bromas tenían como resultado un ojo morado o un corte en el labio para el bromista. El colegio resultaba soportable, pero la vida doméstica se iba deteriorando día a día.

Lo que más recordaba eran las peleas, la furia soterrada, los largos silencios entre Fiona y Seamus… y la soledad de su madre, las interminables ausencias de su padre. Los suaves sollozos que escuchaba por la noche, tras la puerta de la habitación de su madre, lo herían hasta lo más hondo. Quería ir con ella, consolarla, pero cuando se acercaba a ella, las lágrimas desaparecían automáticamente y todo era perfecto.

Un día estaba allí, sonriéndole, y, al día siguiente, se marchó. Conor esperaba que volviera a casa por la mañana, como cuando Seamus volvía de la taberna justo cuando salía el sol.



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