Sin embargo, su madre nunca regresó y, desde el día en que desapareció, Seamus no volvió a pronunciar su nombre. Las preguntas se respondían con pétreos silencios. Cuando los niños insistían, les decía que su madre había vuelto a Irlanda. Unos meses después, les confesó por fin que había muerto en un accidente de automóvil. Sin embargo, Conor sospechaba que solo era una mentira para terminar con las preguntas, una venganza por la traición de su madre.

Conor se había jurado que nunca la olvidaría. Por las noches, se imaginaba su suave y oscuro cabello, su cálida sonrisa, el modo en que lo acariciaba mientras hablaba con él y el orgullo que veía en sus ojos cuando tenía buenas notas en el colegio. Los gemelos y Liam solo la recordaban vagamente. Los recuerdos de Dylan y Brendan estaban tergiversados por su pérdida, haciéndola parecer una persona irreal, como una princesa de cuento de hadas, vestida con un traje de oro.

– … Debéis recordar esto -les advertía su padre, interrumpiendo así la ensoñación de Conor-. Como el sabio Eamon, que echó al dragón por el acantilado y salvó a muchos pescadores de un destino peor que la muerte, un hombre pierde la fuerza y el poder si se entrega a la debilidad del corazón. Amar a una mujer es lo único que puede destruir a uno de los poderosos Quinn.

– ¡Yo soy un poderoso Quinn! -gritó Brendan, golpeándose en el pecho-. ¡Y nunca voy a dejar que una chica me bese!

– ¡Shh! -susurró Conor-. Vas a despertar a Liam.

Seamus se echó a reír y golpeó suavemente la rodilla de Brendan.

– Eso es, muchacho. Pero tened esto muy en cuenta. Las mujeres sólo nos traen desgracias a los Quinn.

– Papá, es hora de que nos vayamos a la cama -dijo Conor, cansado del mismo consejo de siempre-. Tenemos colegio.

Dylan y Brendan se pusieron a protestar e hicieron un gesto de desaprobación con los ojos. Sin embargo, Seamus sacudió el dedo.



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