
Conor se había jurado que nunca la olvidaría. Por las noches, se imaginaba su suave y oscuro cabello, su cálida sonrisa, el modo en que lo acariciaba mientras hablaba con él y el orgullo que veía en sus ojos cuando tenía buenas notas en el colegio. Los gemelos y Liam solo la recordaban vagamente. Los recuerdos de Dylan y Brendan estaban tergiversados por su pérdida, haciéndola parecer una persona irreal, como una princesa de cuento de hadas, vestida con un traje de oro.
– … Debéis recordar esto -les advertía su padre, interrumpiendo así la ensoñación de Conor-. Como el sabio Eamon, que echó al dragón por el acantilado y salvó a muchos pescadores de un destino peor que la muerte, un hombre pierde la fuerza y el poder si se entrega a la debilidad del corazón. Amar a una mujer es lo único que puede destruir a uno de los poderosos Quinn.
– ¡Yo soy un poderoso Quinn! -gritó Brendan, golpeándose en el pecho-. ¡Y nunca voy a dejar que una chica me bese!
– ¡Shh! -susurró Conor-. Vas a despertar a Liam.
Seamus se echó a reír y golpeó suavemente la rodilla de Brendan.
– Eso es, muchacho. Pero tened esto muy en cuenta. Las mujeres sólo nos traen desgracias a los Quinn.
– Papá, es hora de que nos vayamos a la cama -dijo Conor, cansado del mismo consejo de siempre-. Tenemos colegio.
Dylan y Brendan se pusieron a protestar e hicieron un gesto de desaprobación con los ojos. Sin embargo, Seamus sacudió el dedo.
