
– Si no llega dentro de diez minutos, creo que deberíamos marcharnos -dijo Olivia.
– ¡Yo decidiré si nos marchamos y cuándo lo hacemos!
– Lo único que digo es que…
– ¡No necesito tu opinión! -le espetó él, arrepintiéndose en el momento en que aquellas palabras le salieron de los labios.
– Pareces olvidarte de que es mi vida. Quieren matarme a mí, no a ti. Al menos debería tener voz y voto en la…
– Y si te niegas a escucharme, tal vez yo me vea envuelto en el fuego cruzado, así que, ya ves, no solo es tu vida, sino la mía también. Estamos juntos en esto.
Al menos, hasta que consiguiera que Olivia estuviera segura. En ese momento, pensaba llamar a su teniente para hacer que otro agente se ocupara de ella. Se aseguraría que ese hombre fuera digno de confianza, por supuesto, y ahí se acabaría todo. Prefería enfrentarse a un año de trabajo en comisaría que arriesgarse a sucumbir a la tentación del cuerpo de Olivia Farrell.
– Se acerca un barco -comentó ella, de repente, interrumpiendo sus pensamientos-.
¿Lo ves?
Conor oyó el característico sonido de los motores diesel. Como por arte de magia, el barco de su padre salió de la oscuridad. Conor nunca se había preocupado por aquel barco, ya que, en su opinión, había sido la causa de la separación de sus padres y lo había obligado a él a crecer demasiado rápido. Sin embargo, en aquel momento, se alegró muchísimo de verlo.
El barco maniobró entre los estrechos muelles y se dirigió hasta el lugar donde estaban las bombas de combustible.
– Venga, ahora podemos marcharnos. Conor salió del todoterreno y lo rodeó para ayudarla a salir a ella. La tomó de la mano y bajaron tranquilamente hacia el puerto. Conor le protegía la espalda y miraba cuidadosamente a su alrededor. Cuando llegaron por fin al puerto, le colocó la mano en la espalda, animándola a que continuara.
