– Entonces, ¿te ha ocurrido antes?

– No, nunca.

– Bueno, entonces eso me hace sentir mucho mejor -dijo ella, levantándose del sofá-. Voy a ver si puedo encontrar una cama. Despiértame cuando sea hora de marcharnos.

Caminó por un largo pasillo, deseando poner tanta distancia como fuera posible entre Conor y ella. Cuando finalmente alcanzó la puerta de un dormitorio, la cerró tras ella y respiró aliviada. Todo parecía tan irreal como si se estuviera viendo en una película. ¿Qué le había pasado a su vida? Solo unos pocos meses antes había estado tan ocupada con su trabajo, que no había encontrado tiempo para ocuparse de su patética vida social.

En aquel momento, estaba en compañía del hombre más intrigante y guapo que había conocido nunca. Debería estar encantada, pero, cuanto más conocía al detective Quinn, más empezaba a creer que Red Keenan no era quien suponía un peligro para ella. Era Conor Quinn.

Conor contemplaba el puerto de Provincetown, vigilando el horizonte para captar cualquier señal de Brendan y Dylan. El sol estaba empezando a salir y el cielo estaba más despejado. Las estrellas eran visibles a través de los claros que se veían en las nubes, pero el viento había vuelto a soplar con fuerza. El pequeño pueblo estaba despertándose y Conor tenía miedo de que todavía siguieran esperando cuando saliera el sol.

Había aparcado el todoterreno entre unas casetas de pescadores cerca del puerto, lo que le daba una buena visión del agua y de todos los que se acercaran a la ciudad.

– Maldita sea, Brendan, ¿dónde estás?

– ¿Y si no viene? -preguntó Olivia.

– Vendrá -afirmó Conor. Habría deseado tocarla, tomarla entre sus brazos, pero no volvería a hacerlo nunca más. No pensaba consentir que ella le nublara la concentración y los pusiera a los dos en peligre.)-. Lo he llamado y vendrá.

Sintió que ella lo miraba, buscando la cercanía de la que habían disfrutado horas antes. Como no la encontró, se hundió en sí misma y se rodeó con los brazos, tratando de protegerse así del frío de la mañana.



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