El perro lo tenía fácil, pensó Rachel mientras atravesaba el patio y tomaba el camino serpenteante a través de los pinos que conducía a la playa. No le necesitaba normalmente como guardián. Pocas personas iban a su casa, excepto el cartero. Estaba en la calle sin salida de una carretera sin pavimentar que partía a través de la propiedad de Rafferty y la casa de ella era la única que había por allí. John Rafferty era su único vecino, y no era de la clase de persona que se acercara para conversar. Honey Mayfield, el veterinario local, algunas veces la visitaba después de atender una llamada desde el rancho de Rafferty, y habían desarrollado una amistad más bien cercana, pero aparte de eso Rachel era dada a aislarse, y esa era la razón por la que se encontraba cómoda andando sin rumbo fijo por la noche y vistiendo únicamente su ropa interior y una camisa.

El camino se inclinaba gradualmente en una pendiente a través del bosque de pinos. Las estrellas brillaban y eran grandes en el cielo, y Rachel había recorrido tantas veces ese camino desde su infancia, que no perdió el tiempo en coger una linterna. Incluso a través de los pinos podía ver lo suficientemente bien como para encontrar el camino. Había trescientos metros desde la casa hasta la playa, un camino fácil. A ella le gustaba recorrer la playa caminando de noche. Era el momento que prefería para escuchar el poder del océano, cuando las olas eran casi negras salvo por las puntas cubiertas de espuma. También estaba en marea baja, y Rachel prefería la playa cuando estaba en la marea baja. En la bajamar el océano traía de vuelta sus tesoros dejándolos en la arena, como una agradable ofrenda de amor. Ella había acumulado bastantes tesoros del mar en la marea baja, y nunca había dejado de maravillarse con los tesoros que las aguas turquesas del Golfo dejaban a sus pies.

Era una noche bella, sin luna y despejada, y las estrellas eran las más brillantes que había visto en años, su luz se reflejaba en las olas como miles de diamantes.



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