Ya había tomado una ducha fría, y ahora estaba sentada sobre el columpio del porche a oscuras, moviendo perezosamente el columpio con unos movimientos ocasionales de su pie. Las cadenas chirriaron al mismo tiempo en que los grillos chirriaban y las ranas croaban; Joe estaba echado en el porche ante la puerta de tela metálica, dormitando y soñando sus sueños perrunos. Rachel cerró sus ojos, disfrutando la brisa en su cara y pensando en lo que haría al día siguiente. Bastante de lo que había hecho hoy, y el día anterior, pero no prestaba atención a la repetición. Había disfrutado los antiguos tiempos de excitación, se había inundado por el poder seductor y peculiar del peligro, pero también ahora disfrutaba de su vida.

Aunque solo vestía unas braguitas y una camisa blanca de hombre de talla extragrande, con las mangas enrolladas y los tres primeros botones desabrochados, aún podía sentir como pequeñas gotas de sudor se formaban entre sus pechos. El calor la inquietó, y finalmente se puso de pie.

– Voy a dar un paseo -dijo al perro, el cual se dio un golpecito en una oreja y no abrió los ojos.

Rachel realmente no había esperado que fuera con ella. Joe no era un perro amigable, ni siquiera con ella. Era independiente y antisocial, apartándose cuando una mano se extendía hacia él con los pelos del cuello erizados y mostrando los dientes. Ella creía que debía haber sido maltratado antes de que apareciera en su propiedad unos años atrás, pero habían forjado una tegua. Ella le alimentaba, y él cumplía con el papel de perro guardián. Él todavía no le daba permiso de acariciarle, pero iba instantáneamente a su lado si un desconocido llegaba en coche, y se quedaba a su lado hasta que el intruso se marchaba o decidía que no había peligro. Si Rachel trabajaba en el huerto, normalmente Joe estaba a su lado. Era una asociación basada en el respeto mutuo, y ambos estaban satisfechos de ella.



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