
Aunque algunas veces se acercaba demasiado y tenía que alejarse de todo eso, vivir durante un corto periodo de tiempo como una persona normal. Su válvula personal de escape era su yate personalizado. Sus vacaciones, como todo lo demás sobre él, eran secretos sumamente protegidos, pero los días y noches en el mar eran lo que conservaban su humanidad, las únicas ocasiones en las que podía relajarse y pensar, cuando podía yacer desnudo al sol y reconstruir su lazo con la humanidad, o mirar las estrellas por la noche y recobrar la perspectiva.
Una gaviota blanca ascendió en lo alto, dando un grito lastimero. Ociosamente él la miró, libre y grácil, enmarcada contra el tazón azul libre de nubes del cielo. La brisa marina pasó rozando levemente sobre su piel desnuda, y el placer trajo una sonrisa rara a sus ojos oscuros. Había una vena salvaje e indómita en él, que tenía que mantener bajo un estrecho control, pero aquí fuera, con la única compañía del sol y el viento, podía permitirse que esa parte de si mismo saliera a la superficie. Las restricciones de la ropa parecían casi un sacrilegio aquí fuera, y se resintió de tener que vestirse cada vez que salía a un puerto en busca de combustible, o cuando otro barco se paraba cerca para tener una charla, como era la costumbre de la gente.
El sol se había desplazado hacía abajo, sumergiendo su borde dorado en el agua, cuando oyó el sonido de otro motor.
