Rachel clavó los ojos en la herida, sobresaltándose al comprender. ¡Había recibido un disparo! Había visto demasiadas heridas de bala para no reconocer a una, aun a la tenue luz de las estrellas que reducía todo a brillos plateados y sombras negras. Giró la cabeza de un lado a otro, y fijó la mirada mar adentro, forzando la vista para ver cualquier punto de luz reveladora, que advertiría de la presencia de un bote, pero no había nada. Todos sus sentidos estaban alertas, sus nervios hormigueando, instantáneamente vigilantes.

La gente no recibía disparos sin razón, y era lógico suponer que quienquiera que le había disparado la primera vez estaría dispuesto a hacerlo otra vez.

Él tenía que recibir ayuda, pero no había forma de que ella se le echase sobre la espalda y le subiera hasta su casa. Se levantó, escudriñando el oscuro mar otra vez para asegurarse de que no había pasado nada por alto, pero la superficie del agua estaba vacía. Tenía que dejarle allí, al menos el tiempo que tardase en llegar corriendo a la casa y volver.

Una vez tomada la decisión, Rachel no vaciló. Doblándose, asió al hombre por debajo de los hombros y clavó los talones en la arena, gruñendo por el esfuerzo a medida que tiraba de él lo suficientemente lejos del agua para que la marea no llegase hasta él antes de que pudiera regresar. Incluso en las profundidades de la inconsciencia él sintió el dolor que le causó al tirar fuertemente de su hombro herido y dio un gemido bajo, ronco. Rachel se sobresaltó y sintió sus ojos ardían momentáneamente, pero era algo que tenía que hacer. Cuando juzgó que él estaba lo suficientemente lejos de la playa, dejó sus hombros sobre la arena tan suavemente como pudo, susurrándole una disculpa jadeante aunque sabía que no la podría oír.

– Ya vuelvo- le aseguró, tocando su rostro mojado brevemente. Luego corrió.

Normalmente el camino de subida desde la playa y a través de los pinos le parecía bastante corto, pero esta noche se extendía interminablemente delante de ella.



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