¡Por supuesto que estaba fría! Se regañó bruscamente, sacudiendo la cabeza para despejarla de las telarañas de la fatiga. Había estado en el agua durante sólo Dios sabía cuánto tiempo, pero estaba nadando, por muy débil que fuera, la primera vez que le había visto, y estaba dejando pasar unos segundos preciosos cuando debería estar actuando.

Le llevó toda la fuerza que tenía hacerle rodar hasta dejarle encima de su estómago, porque no era un hombre pequeño, y la brillante luz de las estrellas revelaba que era puro músculo sólido.

– Vamos- le dijo, sin dejar de masajearle la espalda. Él sufrió un ataque de tos, su cuerpo levantándose bajo ella. Luego gimió roncamente y se estremeció antes de quedarse quieto.

Rápidamente Rachel le tumbó de espaldas otra vez, inclinándose ansiosamente sobre él. Su respiración era audible ahora. Demasiado rápida y leve, pero definitivamente estaba respirando. Sus ojos estaban cerrados, y su cabeza rodó hacia un lado cuando ella le sacudió. Estaba inconsciente.

Volvió a apoyarse sobre sus talones, temblando mientras la brisa del océano traspasaba la camisa mojada que llevaba puesta, y clavó la mirada en la cabeza oscura que descansaba sobre la arena. Sólo después notó la torpe atadura que tenía alrededor del hombro. Intentó quitárselo de un tirón, pensando que quizá fuesen los restos de la camisa que llevaba puesta cuando sufrió el accidente que le había arrojado al océano. Pero la tela mojada bajo sus dedos era de tela vaquera, demasiado pesada para una camisa en este clima, y estaba atada con un nudo. Tiró de ello otra vez, y parte de la tela se desprendió. Había estado doblada en una almohadilla y apartado el nudo, y a gran altura en su hombro había una herida, un agujero redondo, obsceno, donde no debería haber habido uno, de color negro a la pálida luz.



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