– Eso es, muchacha -jadeó él, animando al barco. – Vamos, vamos.

Volviéndose a estirar, sintiendo como todos los músculos de su cuerpo se estremecían por el esfuerzo, logro alcanzar el acelerador y empujarlo hasta que estuvo completamente abierto. El barco saltó bajo él, respondiendo al arranque de potencia con un rugido profundo.

A esa velocidad era necesario que viera hacia donde se dirigía. Tenía otra oportunidad, pero esas oportunidades mejoraban con cada medio metro que aumentaba la distancia entre sí mismo y el otro barco. Un gruñido de dolor brotó de su garganta mientras se ponía de pie, y el salado sudor hizo que le escocieran los ojos. Tenía que sostener la mayor parte de su peso sobre la pierna derecha, para que la izquierda no se doblara bajo su peso. Miró por encima del hombro al otro barco. Rápidamente se alejaba de ellos, aunque estos continuaran persiguiéndolo.

Había una figura en la cubierta superior del otro barco, y llevaba un voluminoso lanzacohetes sobre su hombro.

Sabin ni siquiera tuvo que pensar para saber de que se trataba; había visto los suficientes lanzacohetes como para reconocerlos a simple vista. Sólo un segundo antes del disparo, y apenas dos segundos antes de que el cohete hiciera explotar su barco, Sabin se lanzó al lado derecho a las aguas turquesas del Golfo.

Se sumergió tan profundamente como pudo, pero había tenido muy poco tiempo, y la onda expansiva le hizo rodar a través del agua como el juguete de un niño. El dolor abrasó sus músculos heridos y todo se volvió negro otra vez. Fue sólo un segundo o dos, pero hizo que se desorientarse por completo. Se ahogaba, y no sabía dónde se hallaba la superficie. Ahora el agua no era de color turquesa, era negra, y hacía que se hundiera bajo ella.



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