
Los años de entrenamiento le salvaron. Sabin nunca se había aterrorizado, y este no era el momento para empezar a hacerlo. Dejó de oponerse al agua y se obligó a relajarse, y la flotabilidad natural empezó a llevarle hasta la superficie. Una vez que supo donde estaba la superficie, empezó a nadar tanto como podía, con el brazo y pierna izquierdos inservibles. Sus pulmones ardían cuando finalmente salió a la superficie y engulló el aire caliente, con el olor de la sal.
Wanda se quemaba, haciendo que un humo negro ondulara hasta el cielo y brillara en los últimos momentos del día. La oscuridad ya se había extendido por la tierra firme y el mar, y él se aferró a ella porque era su único refugio posible. El otro barco estaba rodeando a Wanda, sus focos reflejándose sobre la ruina ardiente y el océano circundante. Él podía sentir como el agua vibraba por el poder de los motores. A menos que encontrasen su cuerpo – o lo que ellos pensaran que podría quedar de él- irían en su busca. Tendrían que hacerlo. No les quedaría otra alternativa. Su prioridad continuaba siendo la misma: tenía que poner toda la distancia que pudiera entre ellos y él.
Torpemente giró hasta quedar de espaldas y empezó a nadar de espalda con brazadas desiguales, sin detenerse hasta estar a bastante distancia de la luz procedente del barco en llamas. Sus oportunidades no eran demasiado buenas; había por lo menos dos millas hasta la costa, probablemente se acercaran más a las tres. Estaba débil por la perdida de sangre, y apenas podía mover el brazo y pierna izquierdos. A eso debía añadirse el hecho de que los depredadores marinos estarían siendo atraídos por sus heridas y llegarían a él mucho antes de que llegase a estar cerca de la costa. Soltó una corta risa, cínica, y una ola le golpeó en la cara ahogándolo.
