

Andrés Trapiello
La brevedad de los días
© Andrés Trapiello, 2000
Durante cincuenta y dos semanas un hombre va relatando una vasta y misteriosa historia, extraña y cotidiana, a unas cuantas personas, a muchas de las cuales ni siquiera conoce. Ese hombre sabe, como Sherezade, que todo consiste en vencer la noche y sus temibles fantasmas con palabras de asombro, de sueño y de silencio, un día y otro día, un año y otro año. Le va en ello su suerte. La brevedad de los días, reunión de cincuenta y dos momentos más o menos intensos a lo largo de doce meses, constituye para Andrés Trapiello otro paso más de la novela en marcha que él ha titulado Salón de pasos perdidos, y como tal quiere que figure en ella, porque desde el principio ha creído que la literatura ha de servirnos para rescatar aquello que el tiempo y el olvido tratan de destruir. Así pues, La brevedad de los días no es más que un acto de restitución, de devolver le a la vida lo que de la vida tomamos prestado, bueno y malo, grande y pequeño, luminoso y sombrío.
La fruta fresca, hijas mías,
es gran cosa, y no aguardar
a que la venga a arrugar
la brevedad de los días
Lope de Vega
Prólogo
No son muchas las cosas que pueden decirse de unos cuantos artículos reunidos en libro. Deberían declararlo ellos todo de sí mismos. Por lo demás, cada libro sólo ha de aspirar a encontrar su lector ideal que lo lea, sin desmayo, a lo largo del tiempo, no importa en qué siglo o país. Basta con un solo lector, y un rincón del mundo es suficiente. El género al que ese libro pertenezca da un poco lo mismo. No hay categorías literarias ni rangos, Clarín no es más que Larra, Menéndez Pelayo no vale más que Bécquer, no es superior el teatro a la novela, ni el artículo a la canción de gesta, como no hay escalafón de sinfonía y sonata, de acuarela y óleo, si todo ello está impregnado de poesía, algo esto último que no es un género, sino una constitución imprescindible para que se dé la vida, como el oxígeno.
