Hace años pensé escribir un relato, que habría sido demasiado virgen para ser bueno, en el que un hombre de vida gris se ganaba la vida en comisiones editoriales oscuras, como confeccionar crucigramas para los periódicos o ésta de acopiar frases notables de autores célebres. El personaje de aquel relato terminaba él mismo, por pereza y escepticismo, escribiendo las frases vulgares o solemnes que atribuía luego a Homero, a Confucio, a Shakespeare o a otros no menos espurios, como ese Marin.

Vuelvo a leer ahora las frases de esa agenda que seguramente también este año se quedará vacía. Pienso en el hombre gris que habrá tenido que inventárselas para atribuírselas a otros a los que tal vez querría parecerse, y pienso en el raro placer que le dará ver que nadie ha descubierto su fraude y que los hombres influyentes y poderosos del mundo adecuan cada mañana su vida a esas sentencias que a él mismo no le han servido para nada.

Grandes causas

¿A quién no le han pedido alguna vez cuando va por la calle, que ponga su firma en unas cuartillas para algún grave asunto? Suelen ser muchachos que colocan su pequeña mesa de aspas frente a unos grandes almacenes o en la esquina concurrida. Se acercan a la gente enarbolando un bolígrafo y una sonrisa, y miran siempre a los ojos, porque creen -¡son tan puros!- que la verdad de los hombres nace de las pupilas. Están plantados en medio del hervidero humano y ven venir de lejos a la gente. Mientras van llegando los transeúntes hasta donde están ellos, seleccionan con la mirada y calibran quién pude tener aspecto de firmar eso para lo que piden una firma. A veces a quien le preguntan pega un pequeño respingo, porque venía distraído y teme se trate de otra cosa, de un tirón o un atraco, y sale huyendo de forma un poco cómica.



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