Fue entonces quizá cuando comprendí que la Biblia era también uno de los libros más hermosos, quizá porque sirviera por igual a los pistoleros y a los predicadores, en lo que declaraba su palmaria inutilidad.

Todos los libros de máximas, de aforismos, de sentencias, son por lo mismo unos grandes libros, porque no sirven para nada, y tal vez por eso uno le tenga tantísima afición a eso que hemos llamado la filosofía del pobre, la de Joubert, la de Nietzsche, la de Leopardi, la de Lichtenberg, cuyas deslumbrantes palabras brillan de pronto en la noche como aquella luz que Hansel y Gretel, perdidos en el bosque, buscaban con tanta congoja. Llegaron a la casa gracias a esa luz, pero no les sirvió de nada. Fue incluso peor.

Las sentencias son como las rosas, desvanecido su primer perfume, nos dejan más insatisfechos e ignorantes que antes de haberlas leído. Hablábamos el otro día de las agendas y de una en especial, la más completa y lujosa de las que haya conocido nunca, en cuyas páginas, decíamos, viene reproducida una frase, máxima o sentencia de diversos autores, destinada, suponemos, a los ejecutivos.

He leído con atención todas y cada una de las frases que éstos se encontrarán cada día al frente de lo que habrá de ser su agresiva y dura jornada. La primera observación es dolorosa. No hay nada peor que haber luchado para ser un gran hombre y acabar en una agenda recordado por una frase de una vulgaridad incontestable y ciclópea. «Sólo hay un bien, el conocimiento; sólo hay un mal, la ignorancia» no está, desde luego, a la altura de la fama de Sócrates, a quien se atribuye.

Otras parecen escritas especialmente para que el propietario de la agenda las suelte en un consejo de administración, porque pareciendo que dicen mucho, no dicen absolutamente nada, como ésta: «El futuro es la renta más cuantiosa de la imaginación», de un tal François L.C. Marin, que sospecho si no será un seudónimo del autor de la agenda.



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