
El mendigo sonrió también, porque estaba solo, y dijo que la gente le daba limosna porque sabía que se lo iba a gastar en vino, en cambio ellos iban a tener siempre el mismo problema, porque «¿de qué sirven los papeles?», y añadió: «¿De qué me han servido a mí?». Se quedaron los tres sin decir una sola palabra, porque seguramente pensaban que aquel mendigo tenía que haber sido el primer solidario con su causa. El viejo debió de darse cuenta también de que les había hecho daño, rebuscó en un revoltijo de bolsas, sacó una botella de vino y se la tendió al que había hablado con él, pidiéndole su solidaridad en ese instante supremo de tener que emborracharse solo.
Mutilaciones
El principal escollo de la filosofía ha sido siempre, más que encontrarle una finalidad a todo esto que llamamos vida, hallar el origen del mal, la razón por la que el mal existe. Si las religiones no tienen muchos más adeptos es precisamente por eso, porque ninguna de ellas puede explicar de una manera convincente la razón por la cual el mal prende de pronto, de modo inesperado, entre nosotros, como esas células que un día, sin que medie una causa en ello, alteran su composición proteínica, y se transforman en temibles y devastadoras depredadoras cancerígenas, capaces de devorar en unas pocas semanas un cuerpo sano y desprevenido.
El mal se manifiesta de muchas maneras y en grados infinitos, desde el que nos pisa a sabiendas en el autobús, para después pedirnos perdón hipócritamente, hasta el que se acerca a una persona con la que jamás ha habla do, a la que apenas conoce de vista, para dispararle por detrás, en la nuca. Hay quienes creen que el mal es efecto de una causa.
