
Cada cierto tiempo se publica en los periódicos la noticia de que tal o tal obra de arte ha sufrido la acometida de un furioso, y eso es algo que nos anonada a todos, pues no llegamos a comprender el beneficio que alguien puede obtener de una acción como ésa, o sea, el origen luciferino de un crimen de tal naturaleza. Hace poco fue, una vez más, una de las esculturas de la fuente de Bernini, en la plaza Navona de Roma, la que sufrió uno de esos atentados absurdos por parte de alguien que lanzó sobre ella un adoquín.
Otras veces es un individuo quien se acerca tímidamente al cuadro célebre y lo acuchilla, o aporrea con un martillo de hierro el rostro seráfico de una doncella de mármol, o arroja sobre una tabla flamenca un líquido abrasivo. A veces la acción no es tan espectacular. El mayor número de intervenciones en el departamento de restauración del Museo del Prado es para despegar los chicles que los visitantes pegan a las telas de los cuadros, aprovechando el descuido de los celadores. De todo ello podríamos deducir algunos rasgos comunes: 1º Siempre buscan obras archifamosas, de una belleza admitida y compartida por muchos; 2º No quieren tanto destruir la obra, como mutilarla, para poder quedar ellos también, eternamente, en esa mutilación («el que le rompió la nariz a La Pietá», «el que abrasó La ronda de Rembrandt» y tantos otros vendrían a ser, pues, sus segundos autores, los que «evitaron» que esa obra fuese destruida enteramente, por lo que exigen patéticamente una memoria perdurable junto a la de los verdaderos artistas); y 3º No suelen hacerlo solos, sino en presencia de la gente, quién sabe si buscando que ésta les detenga a tiempo, quién sabe si buscando su desprecio.
