
Acaba de llegar un amigo de hacer un viaje por Holanda. Allí ha montado en trenes, cuenta, en los que han restituido unos vagones para viajeros silenciosos, en los que no hay vídeo ni músicas ni conversaciones. Suben a ellos gentes que quieren estar solas y en silencio. Suben y bajan discretamente, como hacen las vidas misteriosas y poéticas, y mientras permanecen en él acompañan sus mediaciones con un traqueteo que tiene mucho de los hexámetros de Homero, larga, larga, breve, larga, breve, un hexámetro y otro, un canto y otro canto, dioses y hombres, hasta llegar al infinito, que el poeta llamó Ítaca.
Y uno, que es sentimental y romántico, piensa ya en esas partes de la ciudad que preservarán dentro de poco de todo ruido que no sea natural, donde sólo se oigan los pasos de la gente o sus palabras solas, con ese silencio que acompaña siempre a toda palabra verdadera como su misma sombra.
Las dos mitades
Aún recordamos todos la ilusión que de niños nos producía el estreno de un nuevo cuaderno escolar. Veíamos sus páginas sin mancilla, «más blancas que los astros», sus esquinas perfectas, sin aquel abarquillado doloroso, la espiral del alambre como un euclidiano serpentín no aculatado por el uso, y, sobre todo, percibíamos el embriagador olor a nuevo que desprendían sus páginas, aquel perfume a engrudo, a papel recién prensado y cizallado, a almidón y a apresto. Recordaremos también cuánto cuidado poníamos en no mancharlo demasiado pronto.
