Uno, que hace ya muchos años dejó de ser joven, conoció los tiempos en los que se escribían aún con palillero y un plumín que hacíamos abrevar en tinteros de loza blanca, de modo que aún puede uno recordar el terror que llegaba a producirnos el fantasma de un borrón de tinta en aquel cuaderno recién inaugurado. Nos asustaba su inoportuna y desagradable irrupción como la de un murciélago alevoso, aunque no supiéramos a ciencia cierta cómo eran los murciélagos alevosos y sigamos sin saberlo de una manera cabal. Pero ése era el terror, verle asomar al pájaro siniestro en la impoluta y nívea página, como un vampiro que succionara la inocencia del blanco, de modo que cuando lográbamos dejar atrás el viejo cuaderno, acribillado de tachones, enmiendas y gotas de tinta en forma de huevos fritos, éramos felices, porque en un instante creíamos que también nosotros éramos conciencias limpias, proyectos de largo alcance, ímpetus sin freno. Era también como una nueva oportunidad que se nos daba a los malos estudiantes para equipararnos con aquellos otros cuya única ciencia venía a ser muchas veces que sólo eran más aseaditos, y así, con el cuaderno todos en blanco nos disponíamos a arrostrar un nuevo trecho de las penalidades.

El año nuevo es también un poco como los cuadernos nuevos. Uno se hace la ilusión de que el anterior, viejo, sembrado de raspaduras, pasajes ilegibles y poco honorables, cuentas mal cuadradas sobre las que el bolígrafo rojo del profesor-realidad ha rubricado un enérgico e inapelable «mal», se hace la ilusión, digo, de que el viejo y maltratado cuaderno ha quedado olvidado para siempre, de una manera definitiva, y que ante nosotros tenemos un año entero, limpio, recién abierto, perfumado de estaciones intonsas.



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