«Durará mucho tiempo», decía Sherine. Dios mío, por desgracia tenía razón.

Capítulo Quinto

Lukás Jessen-Petersen, treinta y dos años, ingeniero, ex marido

Athena ya sabía que había sido adoptada por sus padres cuando la vi por primera vez. Tenía diecinueve años y estaba a punto de empezar una pelea en la cafetería de la universidad porque alguien, pensando que ella era de origen inglés (blanca, pelo liso, ojos a veces verdes, a veces grises), había hecho un comentario desfavorable sobre Oriente Medio.

Era el primer día de clase; la gente era nueva, nadie sabía nada de sus compañeros. Pero aquella chica se levantó, cogió a la otra por el cuello y empezó a gritar como una loca:

– ¡Racista!

Vi la mirada aterrorizada de la chica, la mirada excitada de los otros estudiantes, sedientos de ver lo que iba a pasar. Como le llevaba un año a aquella gente, pude prever inmediatamente las consecuencias: despacho del rector, quejas, posibilidad de expulsión, investigación policial sobre racismo, etc. Todos tenían algo que perder.

– ¡Cállate! -grité sin saber lo que decía.

No conocía a ninguna de las dos. No soy el salvador del mundo y, sinceramente, una pelea de vez en cuando es estimulante para los jóvenes. Pero el grito y la reacción fueron más fuertes que yo.

– ¡Ya basta! -le grité de nuevo a la chica bonita, que agarraba a la otra, también bonita, por el cuello.

Me miró y me fulminó con los ojos. Y de repente, algo cambió. Ella sonrió, aunque todavía tuviera sus manos en la garganta de su compañera.

– Has olvidado decir por favor.

Todo el mundo se rió.

– Para -le pedí-. Por favor.

Ella soltó a la chica y echó a caminar hacia mí. Todas las cabezas acompañaron su movimiento.



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