
– Tienes educación. ¿Tienes también un cigarrillo?
Le ofrecí la cajetilla y nos fuimos a fumar al campus. Había pasado de la rabia completa a la relajación total, y minutos después se estaba riendo, hablando del tiempo, preguntándome si me gustaba este o aquel grupo de música. Oí la sirena que llamaba a clase y, solemnemente, ignoré aquello para lo que había sido educado toda mi vida: mantener la disciplina. Seguí allí charlando, como si la universidad ya no existiese, ni las peleas, ni la cafetería, ni el viento, ni el frío, ni el sol. Sólo existía aquella mujer de ojos grises, que decía cosas poco interesantes e inútiles, capaces de dejarme allí el resto de mi vida.
Dos horas después estábamos comiendo juntos. Siete horas después estábamos en un bar, cenando y bebiendo lo que nuestro presupuesto nos permitía comer y beber. Las conversaciones se fueron haciendo cada vez más profundas, y al poco tiempo yo ya sabía prácticamente toda su vida: Athena contaba detalles de su infancia, de su adolescencia, sin que yo le hiciese ninguna pregunta. Más tarde supe que ella era así con todo el mundo; sin embargo, aquel día, me sentí el más especial de todos los hombres sobre la faz de la tierra.
Había llegado a Londres como refugiada de la guerra civil que había estallado en el Líbano. Su padre, un cristiano maronita (N. R.: Rama de la Iglesia católica que, aunque está sometida a la autoridad del Vaticano, no exige el celibato de los sacerdotes y utiliza ritos orientales y ortodoxos), había sido amenazado de muerte por trabajar con el gobierno, y aun así no se decidía a exiliarse, hasta que Athena oyó a escondidas una conversación telefónica, decidió que era hora de crecer, de asumir sus responsabilidades de hija, y de proteger a aquellos que tanto amaba.
Ensayó una especie de danza, fingió que estaba en trance (había aprendido todo aquello en el colegio, cuando estudiaba la vida de los santos), y empezó a decir cosas. No sé cómo una niña puede hacer que los adultos tomen decisiones basadas en sus comentarios, pero Athena afirmó que había sido exactamente así, su padre era supersticioso, estaba absolutamente convencida de que había salvado la vida de su familia.
