Llegaron aquí como refugiados, pero no como mendigos. La comunidad libanesa está dispersa por todo el mundo, su padre encontró en seguida la manera de restablecer sus negocios, y la vida siguió. Athena pudo estudiar en buenos colegios, dio clases de baile -que era su pasión- y escogió la Facultad de Ingeniería en cuanto terminó sus estudios secundarios.

Ya en Londres, sus padres la invitaron a cenar en uno de los restaurantes más caros de la ciudad, y le contaron, lo más delicadamente posible, que era adoptada. Ella fingió sorpresa, los abrazó, y les dijo que nada iba a cambiar la relación que había entre ellos.

Pero, en realidad, algún amigo de la familia, en un momento de odio, ya le había dicho «huérfana ingrata, ni siquiera eres hija natural, y no sabes cómo comportarte». Ella le lanzó un cenicero que le dio en la cara, lloró a escondidas durante dos días, pero pronto lo asumió. A ese pariente le quedó una cicatriz en la cara que no podía explicarle a nadie, y empezó a decir que lo habían agredido unos asaltantes en la calle.

La invité a salir al día siguiente. De manera absolutamente directa, me dijo que era virgen, que iba a misa todos los domingos, y que no le interesaban los romances; le interesaba mucho más leer todo lo que podía sobre la situación en Oriente Medio.

En fin, estaba ocupada. Ocupadísima.

– La gente cree que el único sueño de una mujer es casarse y tener hijos. Y, por todo lo que te he contado, debes creer que he sufrido mucho en la vida. No es verdad, y ya me conozco esa historia, ya se me han acercado otros hombres con la excusa de «protegerme» de las tragedias.

»Olvidan que, desde la Grecia más antigua, la gente que regresaba de los combates o bien venía muerta sobre su escudo, o los más fuertes, sobre sus cicatrices. Mejor así: estoy en el campo de batalla desde que nací, sigo viva, y no necesito que nadie me proteja.



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